domingo, 18 de octubre de 2009

Carpe Diem, Memento Mori (IV,V,VI)

LEER PRIMERO ENTRADA ANTERIOR (I,II,III)


IV

Hojas gastadas y rotas; manchas y bichos muertos. Comencé a leer.

<< El camino se hacía cada vez mas dificultoso, lo caballos ya estaban cansados por el viaje y no rendían como al comienzo. Venía junto con Vasco

de Quiroga, oidor, lo mandaron de visitador, y a mí como su acompañante. No hablábamos mucho, sólo para preguntarnos cosas del viaje o comentar algún hecho. Poco a poco, pudimos ver el desastre que había dejado Nuño de Guzmán.
Todo comenzó cuando este hispano llegó a las tierras purépechas. Su táctica era sitiar poblados indígenas, apropiarse de los cultivos, arrasar e incendiar las poblaciones, acompañado todo esto de tormentos aplicados a los caciques nativos para lograr información sobre riquezas y reinos que, generalmente, no existían. Nuño de Guzmán, gobernador y presidente de la Primera Audiencia, saqueó el lugar, destruyendo templos y tumbas en búsqueda de metales preciosos. Mandó ejecutar a Tangaxoán II, después de someterlo a un juicio en que se le acusó de dar muerte a españoles, mantener ocultamente su antigua religión y alentar la desobediencia. Esto provocó un caos en la región. Muchos indígenas huyeron a los cerros y ocurrieron diversos episodios de violencia.
Esto nos esperaba…>>

La hoja estaba rasgada, parecía que alguien la hubiese arrancado, pero la historia seguía…
<<…Don Vasco de Quiroga seguía sorprendido por las historias de los indios. Cada día amanecía con más ganas de ayudar. Ya estaba tranquilo, Nuño de Guzmán había sido juzgado y devuelto a España, por lo que sus mañanas y tardes estaban completamente dedicadas a mejorar la condición en que vivían, ni otro problema invadía su mente. Los Hospitales de Santa Fé de México y Santa Fé de la laguna en Uayáme eran todo un éxito, los purépechas sentían un gran afecto por Quiroga y le agradecían a diario su esfuerzo.
Recuerdo con claridad aquella tarde, pocos días antes el fray Juan de Zumárraga, obispo de Michoacán lo había consagrado, por lo que de su cara no se veía más que una sonrisa; de lejos vimos a un mensajero, nos traía malas noticias, Carlos V había prohibido a sus súbditos que esclavizasen a los indios, pero luego anuló tal disposición. Su rostro cambió drásticamente, estaba enfurecido. Un año más tarde, se decidió enviar al monarca un texto llamado” Información en derecho” en que se explicaba que eran condenados los encomenderos, hombres quienes no conviene que los nativos sean puesto a su disposición, ya que eran bestias y no hombres, además, defiende a los indios, los cuales no merecen perder su libertad. “¡Qué gran hombre!”, pensaba todo los días, luchaba por un pueblo del cual no corría sangre en sus venas, pero cada hombre, mujer y niño, era visto como un hermano.

Ya era 1536, hace 5 años que pisamos estas tierras y sus obras por proteger, evangelizar, cuidar y educar a los niños iban en aumento. A Quiroga lo nombraron Obispo de Michoacán y en un solo acto se le consagraron todas las obras sacerdotales. También fundó el Colegio de San Nicolás en Pázcuaro, donde los jóvenes indios y españoles convivían, aprendían latín y las lenguas nativas, la enseñanza era gratuita. Gracias a esto los sacerdotes que salían de San Nicolás podían evangelizar en la lengua indígena, lo que unía y fortalecía la relación entre purépechas y españoles.
Los indios ya lo llamaban de cariño “Tata Vasco” y era respetado en todo el lugar. Sus maravillosas obras de caridad sacaron adelante a todo un pueblo que había resistido antes la dominación Azteca, pero que cayó ingenuamente en las manos del gobernador y presidente de la Primera Audiencia…>>

Todo lo que leía me sonaba familiar, Don Pablo me lo había contado más de una vez. Miré por la ventana, ya era de noche, las luces de mi pieza estaban prendidas, no sé en qué momento mi madre o mi hermana las encendió. Me había embarcado en un viaje de historia y quedaba muy poco para terminar.
Mi corazón latía rápido, y la respiración se agitaba, caí inconsciente al piso, era una nueva crisis, de esas que no me daban hace años.


V

Desperté en una camilla de un hospital lleno de tubos por todos lados, mi madre al lado lloraba y mi hermana acababa de entrar con dos vasos de café que se le cayeron cuando me escuchó pegar un grito.
- ¿Qué pasó?-. Mi madre se levantó de su silla y me trató de calmar mientras de sus ojos caían lágrimas que mojaban las sábanas.
- - Estarás bien hijo-. Me dijo temblorosa.
En ese momento el doctor venía entrando con unos papeles en la mano. Me inyectó un par de remedios, que en cosa de segundos me sacaron de este mundo para volver al de los sueños.

Así me mantuve por unas semanas, cada vez que despertaba y preguntaba qué pasaba, el doctor me inyectaba más y más remedios, el llanto de mi madre no cesaba

Ya pasaba el mes de estar hospitalizado. Ese día desperté y supe de inmediato que estábamos en primavera, los árboles verdes teñían el patio del hospital de alegría y amor. Dos golpecitos suaves en la puerta dejaron

luego ver a Francisca, con un ramo de flores en una mano y en la otra globos con tarjetas.
-Hola amigo, ¿Cómo te sientes?-. Ahí supe que el doctor no me inyectaría más tranquilizantes.
- Hola dulce Francisca -. Se escuchó despacio.
Tomó la silla de la esquina del cuarto y la acercó a mi lado, me recogió mi mano y la acarició mientras me contaba lo que había pasado todo este tiempo.
-Estamos todos muy preocupados por ti, tu madre me llama todos los días para venir a verte. Mira a tu alrededor, te traje un ramo de flores cada día que vine-. Dijo alegre.
Sólo ahí atine a echar un vistazo al cuarto, estaba repleto de flores, no había más espacio, hasta se alcanzaba a percibir el olor de las más antiguas. Era hermoso.
-Francisca, ¿Qué me pasó?-.
Terminé de preguntar eso, y ella ya estaba cerrando la puerta, se escapó, nadie me quería decir que pasaba. En eso entró mi madre con el libro de Don Pablo bajo el brazo, sus ojos hinchados me daban a entender su permanente llanto.
-Mami, llevame a mi casa-. Le dije llorando.

Desde mi cama podía ver por la ventana y sentir la brisa que corría afuera. A mi lado, el libro de Don Pablo, intacto, desde aquel día que comencé a leer, sin terminar toda la historia, no lo volví a abrir. Mi hermana me atiende como un príncipe, aunque nadie nunca me quiso decir algo, yo sé que moriré, y muy pronto, es por eso que suben cada cinco minutos a mi pieza para traer comida, jugo y sólo para sentarse a conversar. Me quedaba un poco de

té de la mañana, servido en la taza que ocupé por años, helado y dulce lo sentí excelente, cada sorbo era mejor que el anterior. ¡Qué ganas de compartirlo con alguien más!, la imagen de mi padre daba vuelta en mi cabeza. Me paré de la cama para asomarme por la ventana, del cajón del mueble tomé unos cigarros que Don Pablo me había regalado hace años, los apreté con fuerza.


VI

En el hospital dijeron que no viviría más de una semana, por lo mismo, lo trajimos a casa, se sentiría más tranquilo. No le comentamos nada, pero él lo sabía, lo sentía. Nadie pensó que nos dejaría el mismo día que le dieron el alta. Claro, nos sorprendió, y más a mí que de pequeña me alejaron de mi hermano para no presenciar esto, y quién lo diría, fui yo la que recogió su cuerpo del piso. Tomé con fuerzas a mi hermano mayor, todavía estaba tibio, lo dejé sobre la cama. Estaba segura de que su alma andaba dando vueltas y que pronto se reencontraría con Don Pablo, su amigo, su mentor. Sobre su pecho coloqué el libro. La verdad es que nunca nos llevamos muy bien, pero a pesar de todo, yo lo admiraba, y lo admiro aún desde la tierra.



RUTA QUETZAL 2007

Carpe Diem, Memento Mori (I,II,III)

I
Hace un año que iba dos veces a la semana por las tardes a la biblioteca, hace tres meses conocí a Pablo. Le decía Don Pablo, lo admiraba, había recorrido muchos países a lo largo de su vida, hoy ya estaba viejo y enfermo. Don Pablo tenía un especial interés por los grupos indígenas, yo lo miraba, miraba esos ojos caídos y la barba de su rostro. Olía siempre a cigarrillos y café, me hablaba mucho acerca de la historia de los pueblo, y yo sólo me limitaba a sonreír. Para mí era como un viajero espacial y cada país que había visitado, era un planeta distinto. De aquí mi admiración por las culturas extranjeras. Don Pablo tenía 89 años y de verdad que estaba muy enfermo, su rostro cada semana era distinto, las ojeras predominaban y su contextura cambiaba. Nunca me dijo qué tenía, supuse que moriría igual que yo. Ese tema lo tenía asumido. Que éramos los “elegidos” como me decía mi madre, que Dios nos eligió para ser ángeles y, ahora que lo pienso, qué más se le podía decir a un niño de 8 años.

Me desperté esa mañana, no sabía cuantas más serían, así que sólo la disfruté, disfruté el sol en mi cara, el olor a las sábanas y el grito de mi madre para que me levantara.
Tenía control médico esa tarde, como todos los días viernes. Hace ya un mes que no asistía al colegio. El médico me dio una especie de licencia, yo sabía que no era eso, sabía que era para estar más tiempo con mi familia. Mi padre todos los días se despedía con un beso y un apretado abrazo, sin olvidar el “te quiero”. Sus ojos llenos de lágrimas me miraban hasta que cruzaba el umbral de la puerta.



La lluvia que caía no me alcanzaba a empapar, tan sólo eran unas pequeñas gotitas. No pude evitar mirar al cielo y contemplar cómo, poco a poco, las nubes iban desapareciendo. Un golpecito en el hombro me sacó del trance, me di vuelta y era el único hijo de Don Pablo, su cara pálida y sus manos sudaban, los ojos llenos de lágrimas iban a estallar. Pensé lo peor. Me llevó corriendo rápido a su casa, muchos autos y mucha gente estaba allí, se notaba que tenía amigos. Entré y subí las escaleras, la puerta de su cuarto estaba semiabierta y el olor a cigarrillos inundaba el lugar. Despacio la abrí y lo miré, nunca voy a olvidar ese momento, estaba pálido y ya apenas respiraba. Con un poco de voz, me dijo que me sentara a su lado, me tomó de la mano y me dijo “Tu sonrisa alegró mis últimos días, fuiste amigo y como un hijo, me enseñaste que en la vida hay que jugar y disfrutar. Toma el libro que está debajo de la cama y léelo. Espero que te sirva y que puedas viajar hasta donde tus sueños te dejen…”. Terminó esto y sus ojos se cerraron. No sé cuanto rato estuve ahí a su lado llorando y abrazando con todas mis fuerzas el libro, hasta que el hijo entró y me sacó de ahí.

Llegué corriendo y llorando a mi casa, mi madre no me preguntó lo que pasaba. Me vio, me abrazó y me dijo que no iríamos al médico hoy.
No podía creer que Don Pablo ya no estuviera, el “viajero” que me ayudó a vivir, a sentir y a creer, ya no estaba. Lo sentí como mi único compañero, como ese perro fiel, pero éste era humano, aunque, a veces, olía como perro mojado. Aquel viajero dejó en mí, más que el gusto por leer y el interés por los pueblos de México. Cada semana, me contaba historias distintas, de indígenas que luchaban por mantener su cultura y de personajes, que no siendo parte de tribus, ayudaban con el corazón a éstas. ¿El libro tendrá algo que ver con todo esto?
Esa noche no pude dormir, el viento se sentía más helado y las estrellas no estaban igual. El silencio invadía el lugar y en mi mente se repetía una y otra vez…” y que puedas viajar hasta donde tus sueños te dejen...”. ¿Qué habrá querido decir con esto? No me atrevía a tomar el libro y ver qué era, pero tampoco sabía cuánto tiempo me quedaba y si iba a alcanzar a cumplir la palabra de Don Pablo.

-Levántate rápido que hay que ir a comprar. Así me despertó mi madre, era casi imposible no levantarse con ese grito, tenía un tono de voz que ponía atentos a todos en el barrio. Desde chico fui el regalón, si quería un perro lo tenía, si no quería ir al colegio no iba, era casi perfecto, pero siendo hijo único, me faltó el amor de un hermano. Hace 5 años nació mi hermana y todo cambió. Pieza compartida, menos tiempo, más llanto. Mi enfermedad ya estaba asumida en la familia, quizás por lo mismo, porque se sabía que en cualquier momento moriría, no quisieron acercar a la niña a mí, para ahorrar dolor.

Salí de mi casa y me subí al auto. No sé si era el olor a bencina que me tenía algo mareado, o la euforia por el libro, que todo a mí alrededor era perfecto. El aire que entraba por la ventana no era ni frío ni caliente, perfecto; las luces del semáforo nos tocaban verdes y, de lo contrario, disfrutaba ese momento de espera, perfecto; y la voz de mi madre, mi dulce madre, era como música, no sé qué me dijo en todo caso, yo sólo asentía. Llegamos a la farmacia a comprar los remedios de siempre, era una rutina, mi madre compraba y yo daba vueltas por el lugar. De pronto un grito me sacó del “mundito de los olores a jabón” y me trajo de vuelta a la realidad.




- No hay plata - dijo con voz temblorosa -.Tu padre se fue de la casa y con todo el dinero.

Nos fuimos directo, callados, no había nada que decir.


II

Han pasado ya 9 años…con 18 años, una edad que nadie nunca pensó que podría alcanzar, me siento algo más maduro. Estuve 6 meses internado, todos pensaron que eran mis últimos días, pero no, la fuerza y la oración me ayudó a salir adelante, también mi “milagrosa” mejoría se la atribuí a Don Pablo, claro, si aún me acuerdo de él y de sus conversaciones.
Mi madre sigue aquí, sola. De mi padre no volví a saber, hoy sólo recuerdo el olor a su ropa y sus tibios abrazos. Mi hermana ya está grande, y ya no la alejan de mí, somos los tres una familia.

Logré sacar el Cuarto medio en el colegio, me costó, no tuve amigos allí, todos se alejan por miedo. Sin embargo, dentro de toda esa mala onda conocí a alguien. Francisca, ése es su nombre, linda Francisca, tan humana, tan sensible, tan hermosa. Nuestro primer encuentro fue en la biblioteca, yo iba caminando con una torre de libros y me resbalé con un papel del suelo, ella me ayudó, ella me tomó las cosas, ella me preguntó cómo estaba, ella sacó una sonrisa entre las burlas de los demás que estaban en el lugar. Luego de eso, nos comenzamos a topar siempre, iba los mismos días que yo a la biblioteca y leíamos los mismos libros, noté su interés en los pueblos de

México y, al igual que Don Pablo, le interesaba la lucha por mantener la cultura, creo que fue eso lo que me motivó a acercarme y hablar con ella.
Comenzamos a salir y compartir, pasábamos las tardes juntos, hablábamos de todo, de lo malo, y de lo bueno, de lo que nos gustaba, y de lo que no nos gustaba, de lo que pasaba en el mundo, y de lo que pasaba en nuestros corazones.
Éramos amigos, confidentes, hermanos, novios y amantes. Éramos todo, pero también nada. No funcionábamos por sí solos, teníamos que estar y no estar. La amé, la odié y la perdoné.


III


Un día de otoño, en donde las hojas café caían como lluvia, caminaba rápidamente por la avenida principal en dirección a casa de Francisca. No había ido al colegio hace tres días, nadie sabía lo que le pasaba. Llegué y toqué el timbre, salió su madre con el delantal de cocina y un cuchillo en la mano. Supuso de inmediato que iba a ver a su hija, así que me dejó pasar directo a su cuarto. Ahí estaba ella, mi amada Francisca, algo pálida. Al verme, una sonrisa apareció en su rostro. Me gritó que saliera, que no estaba arreglada y que se veía muy fea. No me importó, porque estaba hermosa, como siempre.
Llegué a mi casa lleno de felicidad. Compartir con Francisca hacía que me olvidara de todos los problemas, que volviera a ser niño.



Mi madre con su “tenida” de ama de casa, me recibió con un abrazo, como siempre, un beso en la cara y un “¿Cómo te fue?” tan típico de ella. Nos sentamos a cenar solos, mi hermana estaba estudiando donde una amiga. Hace años que no compartíamos así. Hablamos de todo, de Francisca, de los estudios y hasta de Don Pablo, este último tema se alargó por un par de horas. Ya era tarde, menos mal que mañana era sábado. Con todo esto de la conversación sobre Don Pablo me acordé del libro que me entregó antes de morir ¿Dónde estará? Desde el día de su muerte no quise acercarme más al objeto, me daba miedo. El tema se terminó ese día y nunca más se hablo del “libro de Don Pablo”. Pero hoy me pasó algo extraño, sentía esa necesidad de saber qué decía. Me dispuse a ordenar para encontrarlo y terminar ya con todo el misterio.
Flojo, eso soy, un niño flojo, el sólo hecho de pensar barrer, mover cajas me da dolor de cabeza, todos dicen que heredé eso de mi padre, que nunca (en el tiempo que estuvo con nosotros) lo vi lavar un plato ni ordenar.

Entre caja y caja, hallé juguetes de niño, libros de colorear, una que otra carta y, entre eso, lo que buscaba. Mis manos temblaron al tomarlo. Lo contemplé por un rato, un rato bien largo.



RUTA QUETZAL 2007