I
Hace un año que iba dos veces a la semana por las tardes a la biblioteca, hace tres meses conocí a Pablo. Le decía Don Pablo, lo admiraba, había recorrido muchos países a lo largo de su vida, hoy ya estaba viejo y enfermo. Don Pablo tenía un especial interés por los grupos indígenas, yo lo miraba, miraba esos ojos caídos y la barba de su rostro. Olía siempre a cigarrillos y café, me hablaba mucho acerca de la historia de los pueblo, y yo sólo me limitaba a sonreír. Para mí era como un viajero espacial y cada país que había visitado, era un planeta distinto. De aquí mi admiración por las culturas extranjeras. Don Pablo tenía 89 años y de verdad que estaba muy enfermo, su rostro cada semana era distinto, las ojeras predominaban y su contextura cambiaba. Nunca me dijo qué tenía, supuse que moriría igual que yo. Ese tema lo tenía asumido. Que éramos los “elegidos” como me decía mi madre, que Dios nos eligió para ser ángeles y, ahora que lo pienso, qué más se le podía decir a un niño de 8 años.
Me desperté esa mañana, no sabía cuantas más serían, así que sólo la disfruté, disfruté el sol en mi cara, el olor a las sábanas y el grito de mi madre para que me levantara.
Tenía control médico esa tarde, como todos los días viernes. Hace ya un mes que no asistía al colegio. El médico me dio una especie de licencia, yo sabía que no era eso, sabía que era para estar más tiempo con mi familia. Mi padre todos los días se despedía con un beso y un apretado abrazo, sin olvidar el “te quiero”. Sus ojos llenos de lágrimas me miraban hasta que cruzaba el umbral de la puerta.
La lluvia que caía no me alcanzaba a empapar, tan sólo eran unas pequeñas gotitas. No pude evitar mirar al cielo y contemplar cómo, poco a poco, las nubes iban desapareciendo. Un golpecito en el hombro me sacó del trance, me di vuelta y era el único hijo de Don Pablo, su cara pálida y sus manos sudaban, los ojos llenos de lágrimas iban a estallar. Pensé lo peor. Me llevó corriendo rápido a su casa, muchos autos y mucha gente estaba allí, se notaba que tenía amigos. Entré y subí las escaleras, la puerta de su cuarto estaba semiabierta y el olor a cigarrillos inundaba el lugar. Despacio la abrí y lo miré, nunca voy a olvidar ese momento, estaba pálido y ya apenas respiraba. Con un poco de voz, me dijo que me sentara a su lado, me tomó de la mano y me dijo “Tu sonrisa alegró mis últimos días, fuiste amigo y como un hijo, me enseñaste que en la vida hay que jugar y disfrutar. Toma el libro que está debajo de la cama y léelo. Espero que te sirva y que puedas viajar hasta donde tus sueños te dejen…”. Terminó esto y sus ojos se cerraron. No sé cuanto rato estuve ahí a su lado llorando y abrazando con todas mis fuerzas el libro, hasta que el hijo entró y me sacó de ahí.
Llegué corriendo y llorando a mi casa, mi madre no me preguntó lo que pasaba. Me vio, me abrazó y me dijo que no iríamos al médico hoy.
No podía creer que Don Pablo ya no estuviera, el “viajero” que me ayudó a vivir, a sentir y a creer, ya no estaba. Lo sentí como mi único compañero, como ese perro fiel, pero éste era humano, aunque, a veces, olía como perro mojado. Aquel viajero dejó en mí, más que el gusto por leer y el interés por los pueblos de México. Cada semana, me contaba historias distintas, de indígenas que luchaban por mantener su cultura y de personajes, que no siendo parte de tribus, ayudaban con el corazón a éstas. ¿El libro tendrá algo que ver con todo esto?
Esa noche no pude dormir, el viento se sentía más helado y las estrellas no estaban igual. El silencio invadía el lugar y en mi mente se repetía una y otra vez…” y que puedas viajar hasta donde tus sueños te dejen...”. ¿Qué habrá querido decir con esto? No me atrevía a tomar el libro y ver qué era, pero tampoco sabía cuánto tiempo me quedaba y si iba a alcanzar a cumplir la palabra de Don Pablo.
-Levántate rápido que hay que ir a comprar. Así me despertó mi madre, era casi imposible no levantarse con ese grito, tenía un tono de voz que ponía atentos a todos en el barrio. Desde chico fui el regalón, si quería un perro lo tenía, si no quería ir al colegio no iba, era casi perfecto, pero siendo hijo único, me faltó el amor de un hermano. Hace 5 años nació mi hermana y todo cambió. Pieza compartida, menos tiempo, más llanto. Mi enfermedad ya estaba asumida en la familia, quizás por lo mismo, porque se sabía que en cualquier momento moriría, no quisieron acercar a la niña a mí, para ahorrar dolor.
Salí de mi casa y me subí al auto. No sé si era el olor a bencina que me tenía algo mareado, o la euforia por el libro, que todo a mí alrededor era perfecto. El aire que entraba por la ventana no era ni frío ni caliente, perfecto; las luces del semáforo nos tocaban verdes y, de lo contrario, disfrutaba ese momento de espera, perfecto; y la voz de mi madre, mi dulce madre, era como música, no sé qué me dijo en todo caso, yo sólo asentía. Llegamos a la farmacia a comprar los remedios de siempre, era una rutina, mi madre compraba y yo daba vueltas por el lugar. De pronto un grito me sacó del “mundito de los olores a jabón” y me trajo de vuelta a la realidad.
- No hay plata - dijo con voz temblorosa -.Tu padre se fue de la casa y con todo el dinero.
Nos fuimos directo, callados, no había nada que decir.
II
Han pasado ya 9 años…con 18 años, una edad que nadie nunca pensó que podría alcanzar, me siento algo más maduro. Estuve 6 meses internado, todos pensaron que eran mis últimos días, pero no, la fuerza y la oración me ayudó a salir adelante, también mi “milagrosa” mejoría se la atribuí a Don Pablo, claro, si aún me acuerdo de él y de sus conversaciones.
Mi madre sigue aquí, sola. De mi padre no volví a saber, hoy sólo recuerdo el olor a su ropa y sus tibios abrazos. Mi hermana ya está grande, y ya no la alejan de mí, somos los tres una familia.
Logré sacar el Cuarto medio en el colegio, me costó, no tuve amigos allí, todos se alejan por miedo. Sin embargo, dentro de toda esa mala onda conocí a alguien. Francisca, ése es su nombre, linda Francisca, tan humana, tan sensible, tan hermosa. Nuestro primer encuentro fue en la biblioteca, yo iba caminando con una torre de libros y me resbalé con un papel del suelo, ella me ayudó, ella me tomó las cosas, ella me preguntó cómo estaba, ella sacó una sonrisa entre las burlas de los demás que estaban en el lugar. Luego de eso, nos comenzamos a topar siempre, iba los mismos días que yo a la biblioteca y leíamos los mismos libros, noté su interés en los pueblos de
México y, al igual que Don Pablo, le interesaba la lucha por mantener la cultura, creo que fue eso lo que me motivó a acercarme y hablar con ella.
Comenzamos a salir y compartir, pasábamos las tardes juntos, hablábamos de todo, de lo malo, y de lo bueno, de lo que nos gustaba, y de lo que no nos gustaba, de lo que pasaba en el mundo, y de lo que pasaba en nuestros corazones.
Éramos amigos, confidentes, hermanos, novios y amantes. Éramos todo, pero también nada. No funcionábamos por sí solos, teníamos que estar y no estar. La amé, la odié y la perdoné.
III
Un día de otoño, en donde las hojas café caían como lluvia, caminaba rápidamente por la avenida principal en dirección a casa de Francisca. No había ido al colegio hace tres días, nadie sabía lo que le pasaba. Llegué y toqué el timbre, salió su madre con el delantal de cocina y un cuchillo en la mano. Supuso de inmediato que iba a ver a su hija, así que me dejó pasar directo a su cuarto. Ahí estaba ella, mi amada Francisca, algo pálida. Al verme, una sonrisa apareció en su rostro. Me gritó que saliera, que no estaba arreglada y que se veía muy fea. No me importó, porque estaba hermosa, como siempre.
Llegué a mi casa lleno de felicidad. Compartir con Francisca hacía que me olvidara de todos los problemas, que volviera a ser niño.
Mi madre con su “tenida” de ama de casa, me recibió con un abrazo, como siempre, un beso en la cara y un “¿Cómo te fue?” tan típico de ella. Nos sentamos a cenar solos, mi hermana estaba estudiando donde una amiga. Hace años que no compartíamos así. Hablamos de todo, de Francisca, de los estudios y hasta de Don Pablo, este último tema se alargó por un par de horas. Ya era tarde, menos mal que mañana era sábado. Con todo esto de la conversación sobre Don Pablo me acordé del libro que me entregó antes de morir ¿Dónde estará? Desde el día de su muerte no quise acercarme más al objeto, me daba miedo. El tema se terminó ese día y nunca más se hablo del “libro de Don Pablo”. Pero hoy me pasó algo extraño, sentía esa necesidad de saber qué decía. Me dispuse a ordenar para encontrarlo y terminar ya con todo el misterio.
Flojo, eso soy, un niño flojo, el sólo hecho de pensar barrer, mover cajas me da dolor de cabeza, todos dicen que heredé eso de mi padre, que nunca (en el tiempo que estuvo con nosotros) lo vi lavar un plato ni ordenar.
Entre caja y caja, hallé juguetes de niño, libros de colorear, una que otra carta y, entre eso, lo que buscaba. Mis manos temblaron al tomarlo. Lo contemplé por un rato, un rato bien largo.
RUTA QUETZAL 2007